No pudieron impedir que lo encontráramos:Che Comandante, amigo!

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“¡Dispare! ¡No tenga miedo!”, fueron las palabras viriles del Che cuando el soldado borracho Mario Terán, intentó, con los disparos, matar a un hombre que ya para entonces era inmortal en sus ideas, en su ejemplo.

Sucedió en la escuela de La Higuera, y allí el maestro Ernesto Guevara dio su última clase de hombría. Era el 9 de octubre de 1967.

Un día antes, imposibilitado de seguir combatiendo, había sido hecho prisionero. La orden de sus captores, por indicaciones expresas de la CIA, había sido la de asesinarlo y desaparecer su cuerpo.

Fidel, en la antológica velada solemne del 18 de octubre de 1967, había descrito lo difícil de las horas finales del Che, que calificó de amargas, “(…) pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba”.

Mientras, esa propia noche de octubre, un poeta, nuestro Poeta Nacional, con ojos de futuro predijo lo que acontecería 30 años después, exactamente un día como hoy, 28 de junio.

Profetizó Nicolás Guillén en su poema Che Comandante:

Y no porque te quemen,
porque te disimulen bajo tierra,
porque te escondan
en cementerio, bosques, páramos,
van a impedir que te encontremos
Che Comandante,
amigo.

Y no lo impidieron. Los restos del Che, junto a otros seis de sus compañeros de guerrilla, fueron encontrados en una fosa común en la parte vieja de la pista de aviación de Vallegrande, un poblado a 240 kilómetros de Santa Cruz, la capital departamental.

Habían transcurrido casi dos años de una larga, minuciosa y muy detallada labor investigativa, realizada por médicos y antropólogos forenses, historiadores y geofísicos cubanos, quienes no descansaron hasta encontrar los restos del Guerrillero Heroico y sus compañeros.

Jorge González Pérez, médico forense, quien encabezó la búsqueda y representó ante el gobierno boliviano a los familiares de los 15 guerrilleros muertos, incluido el Che, ha relatado en innumerables ocasiones lo arduo y complejo de la tarea encomendada.

Según este destacado científico, entonces rector de la Universidad de Ciencias Médicas Victoria de Girón, y hoy al frente del departamento de Docencia del MINSAP: “Desde que había muerto el Che, en Cuba se habían reunido 13 versiones sobre los destinos posibles de Guevara y en poco más de un año en Bolivia recogimos otras 88. El grupo de cubanos en Bolivia hizo más de mil entrevistas, pero trescientas de ellas resultaron las más verosímiles. Así, pues, dividimos los diez mil metros cuadrados de pista aérea en sectores. Hicimos más de dos mil perforaciones en la pista”.

El 27 de junio comenzaron a cavar en la zanja donde presumían que estaban los restos del Che. Debían apurarse, pues estaba cercana la toma de posesión de un nuevo presidente en Bolivia y existía la posibilidad real de que los trabajos fueran paralizados:

“Se abrió otra fosa a la izquierda, pero luego supimos que los restos del Che estaban en la fosa que finalmente hicimos a la derecha. Al otro día era sábado y continuamos el trabajo con máquinas de una empresa que ese día construían un alcantarillado. La tumba clandestina del Che estaba a 167 centímetros de profundidad en la fosa. El Che había sido enterrado con su uniforme, pero sin zapatos”.

Luego vendrían las pruebas científicas demostrativas de que esos restos eran los del Comandante Guevara. No quedó margen a dudas: el cadáver no tenía manos, que se sabía le habían sido cortadas después de asesinarlo; le faltaba un molar y la morfología de la frente del Che, quien tenía unas prominencias muy importantes, tampoco dejaba lugar a dudas.

El resto es historia. En los días y meses venideros nuestro pueblo viviría momentos de inolvidable emoción con la llegada de sus restos a Cuba. Con su traslado por carretera hasta Santa Clara y el posterior acto en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre, a cargo del Comandante en Jefe Fidel Castro.

Con la orden del asesinato a mansalva del Che se pretendía acabar con un mito, un ejemplo. Desaparecer su cadáver fue la malévola estrategia diseñada por el enemigo imperialista para evitar que hubiera un lugar de peregrinaje, un lugar de compromisos de lucha. Para impedir que existiera un santuario de solidaridad latinoamericana y mundial.

Pero, como Fidel dijera en aquella velada solemne conmemorativa por la caída en combate del Che, en la Plaza de la Revolución José Martí: “El Che no sobrevivió a sus ideas, pero supo fecundarlas con su sangre”.

A 50 años de su vil asesinato, y a 20 de encontrar sus restos, cobra aún más vigencia el poema Che Comandante, de Nicolás Guillén. No solo lo encontramos, sino que hoy el Guerrillero de América está en todas partes: en el indio hecho de sueño y cobre, en el negro revuelto en espumosa muchedumbre, en el ser petrolero y salitrero, en el terrible desamparo de la banana, en el azúcar, la sal, los cafetos.

Estás vivo, como no te querían, Che Comandante, amigo.

 

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