#LilianTintori se fue a #EEUU para hablar con el padre de su próximo hijo (+FOTOS)

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Lilian Tintori viajó a Miami a resolver asuntos con el padre de su próximo hijo tras haber tenido una fuerte discusión con Leopoldo

El pasado martes 25 de julio, Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, salió del país con destino a la ciudad de Miami, Florida en Estados Unidos, se presumía que era solo para resguardarse de los planes violentos que la MUD tiene preparados para esta semana, sin embargo, recientemente se descubrió que su visita a esa ciudad tenía otros motivos, como lo es contactar al padre de la criatura que lleva en su vientre y que desde hace un tiempo vive allá.

La noticia del embarazo de Lilian Tintori cayó como una bomba para quienes perfilan a esta junto a Leopoldo López como la pareja ideal y soñada, pues por más que se saquen cuentas, esos números no dan para que la criatura sea fruto del supuesto amor del par, por lo que rápidamente a todos los venezolanos se les vino la opción más lógica a la cabeza, y es que el amor entre Tintori y el padre de su nuevo hijo surgió cuando López ya estaba dentro de Ramo Verde y aunque muchos fueron los rumores todos se negaban a confirmalo, situación que ahora que esperan un fruto de ese amor no podrán seguir escondiendo.

A Leopoldo desde hace rato que le estaban soplando el bisteck y aruñando la arepa, la distancia entre él encerrado y su esposa viajando hizo que la situación fuera más fácil de esconder para ella que ahora con Leo (como le gusta decirle) en casa, era inevitable seguir ocultando por lo que, con su embarazo en un estado avanzado, tuvo que admitirlo y contárselo todo al Monstruo de Ramo Verde quien no lo tomó nada bien y la echó de casa, dándole la oportunidad perfecta a esta de dejar la peluca y correr tras los brazos de su verdadero amor en Miami.

Al apenas pisar Miami, Lilian se dirigió inmediatamente a un lujoso apartamento en donde reside el padre, quien a parte de ser compañero de tolda de López, era su amigo que en vez de ayudar a proteger a su familia mientras este paga condena, lo que hizo fue saborear las mieles de su mujer que estaba sola y abandonada.

Carlos Vecchio es el padre del próximo hijo de Lilian, bebe que nacerá producto de la fogosa relación que tanto trataron de ocultar pero que en los constantes viajes y declaraciones pasadas de cariñosas dejaron en evidencia, con esas miradas matadoras que se lanzaban en público cada vez que se reunían.

Vecchio no sólo traicionó a su jefe, al líder de su tolda, traicionó a su amigo de la manera más rastrera posible y Lilian bueno, no se resistió a los encantos de él, que confirma los particulares gustos de Lilian, quien al parecer tiene cierta debilidad por los hombre que tienen problemas con la justicia.

 

El próximo domingo 19 habrá elecciones presidenciales en Ecuador, luego de una década de gobierno del presidente Rafael Correa, lo que significa que en dependencia de quien gane el Palacio de Carondelet ese país ahora en prosperidad, puede inclinarse hacia un peligroso retroceso histórico.

En las urnas, por tanto, están en juego, mediante los candidatos oficialistas y los opositores, dos modelos económicos que traen aparejados consigo, si gana el Movimiento Alianza País y sus candidatos Lenin Moreno y Jorge Glas, la continuidad revolucionaria, aunque con sus lógicas variantes pero sin lesionar el programa de justicia social y distribución equilibrada de la riqueza nacional.

Pero si lo hace la oposición habrá un cambio brusco en los postulados defendidos por la Revolución Ciudadana.

La postulada hasta ahora con mayores posibilidades de ganancias es la social-cristiana Cynthia Viteri, abogada de profesión, quien ya anunció el plan económico denominado Progresa, encaminado a reformar o derogar varios cuerpos normativos implantados por el Ejecutivo actual, el cual mantiene a Ecuador en cómoda posición en el conjunto de naciones latinoamericanas.

Para analistas, y dada la arremetida de la contrarrevolución internacional contra los gobiernos progresistas de América Latina, la victoria de Alianza País mantendría un equilibrio de las fuerzas políticas más avezadas en Suramérica e impediría la caída –como antes ocurrió en Argentina y Brasil- de un bastión de la integración latinoamericana y de la defensa de los derechos de los pueblos de esta codiciada región por el régimen imperial de Estados Unidos.

Los 12,8 millones de ciudadanos convocados a las urnas tienen ante sí la responsabilidad de mantener o no la Revolución Ciudadana que entre 2006 y 2016 permitió el crecimiento del Producto Interno Bruto en 195,6%, una duplicación de lo alcanzado bajo gobiernos neoliberales en el período 1996 y 2006.

Estas cifras de por sí importantes tendrían menos valor sin el análisis de la redistribución del crecimiento, que en la mencionada década neoliberal estaba dirigida a favorecer a los ricos.

Cifras oficiales indican que en la década 1996-2006 el ingreso del 10% más rico del llamado País Meridiano del Mundo creció el 112%, mientras el 10% más pobre apenas creció el 20% en ese tiempo.

Bajo el mandato de Correa –quien fomentó la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución Nacional- la lupa del coeficiente Gini, que mide la desigualdad en los ingresos en un país, ideada por el estadístico italiano Corrado Gini, indicó que en el período del líder gobernante de Alianza País los ingresos de los más pobres subieron al 112%, mientras entre los más adinerados lo hizo en un 40 por ciento, lo cual no es desdeñable.

Aunque ya se observa un repunte económico, entre el 2015 y el pasado año hubo un decrecimiento económico, que el presidente calificó de “tormenta perfecta” con la conjugación de la caída a precios mínimos del barril del petróleo (fuente de exportación de ese país).

A ello se unió el pago por contingencias legales a las firmas Occidental y Chevron la cantidad de 1 067 7 millones y 112 millones respectivamente, a lo que se suma la erupción del volcán Cotopaxi  y un terremoto con una magnitud de 7.8 cuyo epicentro fue Pedernales. El fenómeno fue el de mayor impacto social de los últimos 60 años.

Sin embargo, ni la pobreza ni la desigualdad social se incrementaron en el 2015 y en el 2016, una etapa calificada por expertos de difícil para Ecuador.

Los negativos acontecimientos ocurridos en Ecuador, que no son responsabilidad del gobierno de Correa son utilizados ahora por los siete candidatos de los partidos opositores para brindar una imagen de supuesta decadencia, sin siquiera mencionar los duros momentos vividos durante 2016.

En orden de posibilidades de victoria aparece el oficialista Lenin Moreno, quien ya fuera vicepresidente en el primer período de Correa; seguido de la abogada Cynthia Viteri, del Partido Social Cristiano; luego el banquero Guillermo Lasso, de la alianza derechista Creo-Suma y Paco Moncayo, profesor y ex militar, del Partido Acuerdo por el Cambio.

Les siguen Abdala (Dalo) Bucarán, hijo del expresidente Abdala Bucarán, del Movimiento Fuerza Ecuador, el médico Iván Espinel, del Movimiento Fuerza Compromiso Social, Patricio Zuquilanda, excanciller (2003-2005), del Partido Social Patriótico, y en último lugar Washington Pesantez, político y abogado, del Partido Unión Ecuatoriana.

Para ganar las elecciones en primera vuelta, un binomio a la presidencia debe alcanzar la mayoría absoluta de votos válidos o el primer lugar con al menos el 40% de los votos válidos y una diferencia de diez puntos porcentuales sobre la cantidad lograda por su rival más cercano/a.

Si ninguno alcanza la cantidad necesaria, entonces habría una segunda vuelta el domingo 2 de abril, con las dos duplas más votadas.

El próximo domingo también serán electos los 132 miembros de la Asamblea Nacional, y cinco al Parlamento Andino, y habrá una consulta popular para que la población se pronuncie sobre los funcionarios públicos con cuentas y empresas en paraísos fiscales.

De acuerdo con la encuesta del pasado día 9, la última válida en cumplimiento con lo estipulado por la ley, Moreno tiene el apoyo del 28,5% del electorado, seguido por Viteri, con un 20,2%, y Guillermo Lasso, con 18%, lo que, según la firma Market, en el caso de estos postulados, no queda claro quien pasaría a una segunda confrontación.

Viteri, quien ocupa ahora uno de los escaños de la Asamblea Nacional, viajó a Caracas, Venezuela, sin autorización del órgano legislativo para acompañar a una delegación de políticos de la oposición de ese país al presidente Nicolás Maduro, por lo que se le considera enemiga de la Revolución Bolivariana.

A menos de una semana de los comicios, el presidente Correa, quien pasará a la historia de Ecuador como el hacedor de una nueva forma de ejercer la política, denunció dos planes organizados por la derecha para desprestigiar al candidato a la vicepresidencia Jorge Glas y después al tratar de involucrarlo en el escándalo de corrupción de la constructora Odebrecht a través de su hermano Fabricio, que supuestamente mantenía algunas relaciones con miembros de esa firma.

El Mandatario solicitó pruebas del nuevo plan en su contra, y precisó ante periodistas que es la continuación de una guerra sucia de los opositores a su gobierno para evitar que gane Moreno, un político conocido por su honestidad que, si los augurios se cumplen, lo sucederá en el cargo el próximo 24 de mayo.

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Sería difícil exagerar la trascendencia nacional e internacional de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Ecuador el próximo domingo. En una nota anterior nos referimos a ellas hablando de una nueva “batalla de Stalingrado” en donde se juega el futuro de los tan hostigados procesos progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribe. Una derrota de la Alianza País significaría poco menos que la clausura del ciclo iniciado a fines del siglo pasado. Caída la fortaleza ecuatoriana el cerco se cerraría sobre Bolivia y Venezuela, acosadas por el recrudecimiento de la virulencia de la oposición y, en el caso de la segunda, también por los tremendos efectos de la crisis económica desatada por una perversa combinación de factores locales e internacionales.

Y Cuba perdería un gobierno amigo, cosa que no es una cuestión menor para la isla en un escenario internacional como el actual. Por el contrario, una ratificación general del curso político seguido por Ecuador desde la elección del presidente Rafael Correa sería un valioso y oportuno reaseguro para esos países y un significativo aliento para los partidos y movimientos sociales que resisten a la restauración conservadora ocurrida en Argentina y Brasil y para los pueblos que luchan en contra de gobiernos de inequívoco signo neoliberal desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Perú y otros países de la región. Sería una muy positiva señal que el tan pregonado “fin de ciclo progresista” esté lejos de haberse consumado y que es, antes que nada, un ardid de la derecha cuyo propósito es muy claro: convencer a los sujetos de la rebeldía ante el orden neoliberal que la batalla ya se ha perdido y que no tiene sentido seguir luchando. Es bien sabido que la victoria en el terreno de las ideas y las conciencias es prerrequisito de la victoria política. Así, la muletilla del “fin de ciclo” es una sibilina forma de promover una rendición incondicional de las fuerzas del campo popular.

Una eventual victoria de la derecha en Ecuador precipitaría un retroceso espectacular de los avances registrados en los últimos diez años, con independencia de su caracterización y valoración. Por eso el electorado ecuatoriano haría bien en mirarse en el espejo argentino. En el país sureño, la derecha llegó al gobierno en un ajustado ballotage prometiendo que los logros del período kirchnerista no sólo serían respetados sino también profundizados a partir de una supuesta mejor administración de la cosa pública. Mentiras todas que se transparentaron desde las primeras horas del gobierno de Mauricio Macri, cuando se puso en evidencia que la demagogia de la campaña nada tenía que ver con las políticas que efectivamente fueron llevadas a la práctica. El espejo brasileño no es menos aleccionador que el argentino, y arroja las mismas o peores enseñanzas. Pensar que en Ecuador la derecha se comportará de otro modo, que será fiel a sus edulcoradas promesas de campaña y que, en caso de prevalecer, se abstendrá de descargar un furioso escarmiento sobre la masa plebeya que instaló a Rafael Correa en el Palacio de Carondelet es un acto de imperdonable ingenuidad e irresponsabilidad políticas, sobre todo cuando quienes albergan tan inocentes expectativas son fuerzas partidarias o corrientes de izquierda.

Si en el orden nacional la desciudadanización, la pérdida de derechos y la reconcentración de los ingresos y la riqueza serían el colofón inmediato de la victoria de la derecha, las consecuencias en el terreno internacional no serían menos nefastas. Aparte de lo que señaláramos al principio de esta nota, habría que agregar el enorme impacto de la previsible cancelación del asilo diplomático concedido a Julian Assange, junto con Edward Snowden el “enemigo público número uno” de Estados Unidos y los principales gobiernos y megacorporaciones capitalistas de todo el mundo, cuyas siniestras maniobras, estafas y crímenes salieron a la luz pública gracias a Wikileaks, fundado precisamente por Assange.

Lo primero que haría un eventual gobierno de derecha en Ecuador sería ofrecer en bandeja de plata la cabeza del asilado en Londres, así como el gobierno de México hizo lo propio -infructuosamente, para su desgracia- al entregarle a Barack Obama la del “Chapo Guzmán” en vísperas de la elección presidencial norteamericana, con el objeto de robustecer las chances electorales de Hillary Clinton. La entrega de Assange a las autoridades norteamericanas no sólo sería una velada sentencia de muerte para el australiano sino un mensaje tan funesto como aleccionador para quienes están empeñados en descorrer el velo que oculta los crímenes de los capitalistas. Pero esto no sería lo único que haría ese gobierno: seguramente renegociaría el retorno de las tropas estadounidenses a la base de Manta para que, de ese modo, Washington pudiera establecer un control absoluto del litoral pacífico nuestroamericano (al día de hoy Ecuador es una molesta excepción en esa materia). No habría que descartar que en tal eventualidad se utilizara el pretexto de la “guerra contra el terrorismo” para, como lo hiciera Colombia hace pocos años, incorporar al país como aliado estratégico de la OTAN e involucrarlo en las guerras de pillaje que esa organización criminal libra en los más apartados rincones del planeta. Dejamos a los lectores imaginar que otras iniciativas podría tomar un gobierno de esa orientación en el terreno internacional. ¿Seguiría apoyando, como lo ha hecho el actual gobierno a la UNASUR, cuya sede está precisamente en este país o al proceso de paz en Colombia, facilitando las negociaciones entre el ELN y Bogotá?

Ante este razonamiento los infaltables “doctores de la revolución” no demorarán en señalar lo que según sus análisis serían los insanables vicios y limitaciones del actual gobierno ecuatoriano y sosteniendo al mismo tiempo que Alianza País no es diferente de las expresiones políticas de la derecha contra las cuales competirá en las elecciones. Una vez más basta con observar lo ocurrido en la Argentina o Brasil, donde también allí sectores presuntamente radicalizados se golpeaban el pecho asegurando que Scioli o Macri eran lo mismo, o que Aecio Neves era igual que Dilma. Tarde comprobaron su gravísimo error y reparar el daño facilitado por su actitud insumirá años de luchas y sufrimientos, sobre todo para las grandes mayorías nacionales. En el caso del Ecuador este predicamento desconoce dos datos esenciales: la vulnerabilidad externa del país y sus limitados márgenes de maniobra ante el despotismo del capital internacional y sus aliados y el hecho de que en este mundo realmente existente -no en el que construyen las alucinaciones doctrinarias- no existen ni han existido jamás gobiernos que puedan presentar una hoja de balance a salvo de defectos, yerros y limitaciones, y el de Ecuador no es –ni podría ser- la excepción. Para ello se requeriría, como bien lo observaba Jean-Jacques Rousseau, que los hombres fueran ángeles pero no lo son. Tal como lo hemos dicho en numerosas oportunidades, a la hora de hacer las cuentas de los últimos diez años los aciertos del gobierno de Rafael Correa superan ampliamente los desaciertos, y este es el dato a partir del cual hay que posicionarse ante el desafío del próximo domingo.

La experiencia histórica enseña que hay sectores de la izquierda que suelen ser víctimas de dos impulsos profundamente autodestructivos: la compulsión por la equivocación, misma que hace que cuando se enfrenta a una coyuntura política crítica, su miopía la lleve a ver al árbol en todos sus detalles –y sobre todo sus defectos- pero a ignorar el bosque; y, por otro lado, una temeraria tendencia al suicidio mesiánico que termina por facilitar la victoria de sus enemigos. La derecha no padece de ninguno de estos dos males, aunque tiene muchos otros; pero nunca se equivoca a la hora de identificar a su enemigo de clase. Por eso para la “comunidad de inteligencia” de Estados Unidos, con la CIA a la cabeza, el enemigo a derrotar es Lenin Moreno. Y no creo que ello se deba a la repulsa que les provoca su nombre de pila. Para muchos, con esto nos basta y nos sobra para saber cómo hay que votar el próximo domingo.

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(Tomado de aucaencayohueso)

 

 

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